26 de enero: Día Mundial de la Educación Ambiental

Economizar el uso del agua y de la energía eléctrica, optar por consumos que produzcan menos residuos, elegir green labels con envases reciclables o circular en la ciudad con transportes alternativos como las bicicletas, skates y monopatines electrónicos parecen hábitos naturalizados, pero esto no siempre fue así.

Antes de 1972, año en el que las Naciones Unidas establecieron la Educación Ambiental como una prioridad, no existía un programa de prácticas ni conceptos demasiado claros sobre este tema. Tres años después llegó la Carta de Belgrado, un acuerdo entre varios países que estableció objetivos para la enseñanza del cuidado del ambiente.

Este mecanismo pedagógico permitió identificar la problemática ambiental, desterrar la concepción de la naturaleza como una fuente inagotable y reconocer que vivimos en un planeta con recursos limitados y vulnerable, fundamentalmente a causa de las actividades humanas y sus efectos negativos.

También arrojó luz sobre la interacción que se genera dentro de los ecosistemas. El estudio de los factores físicos, químicos y biológicos que se interrelacionan en el medio ambiente brindó una comprensión más integral de nuestro entorno y sus particularidades.

La responsabilidad ambiental es de todos, pero se divide en varios niveles. Las políticas que los gobiernos debieran implementar van desde garantizar más espacios verdes en las ciudades hasta la utilización de distintos tipos de energías renovables, como la de los paneles solares que ya muchos rascacielos incorporaron, convirtiendo los polos corporativos en espacios más ecológicos. 

Eliminar el uso de bolsas plásticas para hacer las compras y clasificar los residuos para descartarlos en los contenedores adecuados para su reciclaje son solo algunos de los nuevos hábitos individuales de las grandes urbes. Además, las huertas en casa o el consumo de alimentos orgánicos hacen frente a la producción tradicional donde la tierra se ve contaminada por químicos y pesticidas.

El compromiso de alinear las prácticas sustentables a nivel local como mundial e individual como colectivo sigue siendo un desafío. Afortunadamente, las nuevas generaciones perciben las consecuencias de la ausencia de buenas prácticas ambientales, como la aceleración del cambio climático o la extinción de especies, y mediante el activismo transmiten un mensaje de concientización sobre la crisis socioambiental de nuestro siglo.

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